♥ Laboratorio del amor ♥
¿Se imagina no tener que besar a tantos sapos antes de llegar al
príncipe?
Actualmente, los servicios de citas basadas en el genotipo
eliminan las conjeturas y la angustia. ScientificMatch, un servicio
estadounidense de búsqueda de pareja, utiliza el análisis de ADN (con muestras
de la mucosa de la mejilla) para formar de manera científica parejas
compatibles.
Por la pequeña fortuna de 1.995,95 dólares, la firma promete
hallar un alma gemela con la cual haya mayores probabilidades de tener una vida
sexual satisfactoria, más fidelidad y fecundidad, e hijos más sanos. Dicen que
todo está en el código genético.
¿Por qué las plantas y flores emiten olor?

Su aroma tiene
una razón química. Las plantas y flores aromáticas están provistas de
sustancias volátiles (hidrocarburos de la serie de los terpenos, ésteres,
aldehídos y cetonas) que se liberan o inhiben de acuerdo con las condiciones
climáticas. El origen de este fenómeno está en las raíces evolutivas: las
plantas con flor o angiospermas son las que por lo general tienen olores y
surgieron después de la aparición de los insectos polinizadores. Muchos
aldehídos y cetonas forman parte de los aromas naturales de flores y frutas,
por lo cual se emplean en la perfumería para la elaboración de aromas como es
el caso del benzaldehído (olor de almendras amargas), el aldehído anísico
(esencia de anís), la vainillina, el piperonal (esencia de sasafrás), el
aldehído cinámico (esencia de canela). De origen animal existe la muscona y la
civetona que son utilizados como fijadores porque evitan la evaporación de los
aromas además de potenciarlos por lo cual se utilizan en la industria de la
perfumería.
Disfruta con responsabilidad
Cuando se bebe alcohol etílico, este se oxida en
el hígado a acetaldehído, que, a su vez, se oxida a ácido acético y, por ultimo
a dióxido de carbono y agua. El consumo de grandes cantidades de etanol causa
la acumulación de grandes concentraciones de acetaldehído en la sangre, lo
cual puede conducir a un brusco descenso de la presión sanguínea, aceleración
de los latidos del corazón y sensación general de incomodidad, es decir, una
resaca.
El abuso continuado del alcohol puede dar lugar a una lesión de hígado denominada Cirrosis, debido a unos niveles constantemente altos de acetaldehído.
El abuso continuado del alcohol puede dar lugar a una lesión de hígado denominada Cirrosis, debido a unos niveles constantemente altos de acetaldehído.
Ranas eléctricas

Nuestra historia empieza a finales del siglo XVIII, con la invención por Galvani de la batería, que luego mejoraría otro italiano, Volta. El estudio de los reflejos de las ranas por Galvani —colgó músculos de rana en la celosía exterior de su ventana y vio que durante las tormentas eléctricas sufrían convulsiones— demostró la existencia de la «electricidad animal». Este trabajo fue el estímulo de la obra de Volta y, además, de algo que luego vendría muy bien. Imaginaos a Henry Ford instalando un cajón con ranas en sus coches y estas instrucciones para el conductor: «Hay que dar de comer a las ranas cada veinticinco kilómetros».
El pelicano
Lavoisier vio
que el fallo de esos experimentos se encontraba en la medición. Realizó su
propio experimento. Hirvió agua destilada en una vasija especial, a la
que se daba el nombre de «pelícano». El pelícano estaba diseñado de
manera que el vapor de agua que se producía al bullir el agua quedase
atrapado y se condensara en una cabeza esférica, de la que retornaba a la
vasija de ebullición a través de dos tubos con forma de asa. De esta
manera no se perdía agua. Lavoisier pesó cuidadosamente el pelícano
y el agua destilada, y puso a hervir el agua durante 101 días.
El largo experimento produjo una
cantidad apreciable de residuo sólido. Lavoisier pesó entonces cada
elemento: el pelícano, el agua y el residuo. El agua pesaba exactamente
lo mismo tras 101 días de ebullición; algo dice esto de lo meticulosa que
era la técnica de Lavoisier. El pelícano sin embargo, pesaba un poco menos. El
peso del residuo era igual al perdido por el recipiente. Por lo
tanto, el residuo del agua en ebullición no era agua transmutada, sino
vidrio disuelto, sílice, del pelícano. Lavoisier había demostrado que la
experimentación, sin mediciones precisas, no vale para nada e incluso
induce a error. La balanza química de Lavoisier era su violín; lo tocaba
para revolucionar la química.
El universo sólo tiene unos
segundos (1018)

Otra cosa más sobre los números. Nuestro tema pasa a menudo del
mundo de lo sumamente pequeño al de lo enorme. Por lo tanto, trataremos
con números que a menudo son muy, muy grandes o muy, muy pequeños. Así que, en
su mayoría, los escribiré empleando notación científica. Por ejemplo, en vez de
escribir un millón como 1.000.000, lo haré de esta forma: 106. Esto
quiere decir 10 elevado a la sexta potencia, que es 1 seguido de seis ceros, lo
que viene a ser el costo aproximado, en dólares, de la actividad del gobierno
de los Estados Unidos durante veinte segundos. Aunque no se tenga la suerte de
que el número grande empiece por 1, aún podremos escribirlo con notación
científica. Por ejemplo, 5.500.000 se escribe 5,5 x 106. Con
los números minúsculos, basta con insertar un signo menos. Una millonésima
(1/1.000.000) se escribe de esta forma: 10—6, lo que quiere decir
que el 1 está seis lugares a la derecha de la coma decimal, o 0,000.001.
EL
PODEROSO ÁTOMO
Mientras Einstein y Hubble desvelaban con
eficacia la estructura del cosmos a gran escala, otros se esforzaban por
entender algo más próximo pero igualmente remoto a su manera: el diminuto y
siempre misterioso átomo.
El gran físico del Instituto Tecnológico de
California, Richard Feynman, dijo una vez que si hubiese que reducir la
historia científica a una declaración importante, ésta sería: «Todas las cosas
están compuestas por átomos». Están en todas partes y lo forman todo. Mira a tu
alrededor. Todo son átomos. No sólo los objetos sólidos como las paredes,
las mesas y los sofás, sino el aire que hay entre ellos. Y están ahí en
cantidades que resultan verdaderamente inconcebibles.

La disposición operativa fundamental de los
átomos es la molécula (que significa en latín «pequeña masa»). Una
molécula es simplemente dos o más átomos trabajando juntos en una
disposición más o menos estable: si añades dos átomos de hidrógeno a uno de oxígeno,
tendrás una molécula de agua. Los químicos suelen pensar en moléculas más que
en elementos, lo mismo que los escritores suelen pensar en palabras y no en
letras, así que es con las moléculas con las que cuentan ellos, y son,
por decir algo, numerosas. Al nivel del mar y a una temperatura de 0 °C, un
centímetro cúbico de aire (es decir, un espacio del tamaño aproximado de un
terrón de azúcar) contendrá 45.000 millones de millones de moléculas. Y ese es
el número que hay en cada centímetro cúbico que ves a tu alrededor. Piensa
cuántos centímetros cúbicos hay en el mundo que se extiende al otro lado de tu
ventana, cuántos terrones de azúcar harían falta para llenarlo. Piensa
luego cuántos harían falta para construir un universo. Los átomos son, en suma,
muy abundantes.
Son también fantásticamente duraderos. Y como
tienen una vida tan larga, viajan muchísimo. Cada uno de los átomos que
tú posees es casi seguro que ha pasado por varias estrellas y ha formado parte
de millones de organismos en el camino que ha recorrido hasta llegar a ser tú.
Somos atómicamente tan numerosos y nos reciclamos con tal vigor al morir que,
un número significativo de nuestros átomos (más de mil millones de cada uno de
nosotros), probablemente pertenecieron alguna vez a Shakespeare. Mil millones
más proceden de Buda, de Gengis Kan, de Beethoven y de cualquier otro personaje
histórico en el que puedas pensar (los personajes tienen que ser, al
parecer, históricos, ya que los átomos tardan unos decenios en
redistribuirse del todo; sin embargo, por mucho que lo desees, aún no
puedes tener nada en común con Elvis Presley).
Así que todos somos
reencarnaciones, aunque efímeras. Cuando muramos, nuestros átomos se separarán
y se irán a buscar nuevos destinos en otros lugares (como parte de una hoja, de
otro ser humano o de una gota de rocío). Sin embargo, esos átomos
continúan existiendo prácticamente siempre. Sobre todo, los átomos son
pequeños, realmente diminutos. Medio millón de ellos alineados hombro con
hombro podrían esconderse detrás de un cabello humano. A esa escala, un átomo
solo es en el fondo imposible de imaginar, pero podemos intentarlo.
Empieza con un milímetro,
que es una línea así de larga: -. Imagina ahora esa línea dividida
en mil espacios iguales. Cada uno de esos espacios es una micra. Ésta es
la escala de los micro-organismos. Un paramecio típico, por ejemplo (se trata
de una diminuta criatura unicelular de agua dulce) tiene unas dos micras
de ancho (0,002 milímetros), que es un tamaño realmente muy pequeño. Si
quisieses ver a simple vista un paramecio nadando en una gota de agua, tendrías
que agrandar la gota hasta que tuviese unos doce metros de anchura.

Sin embargo, si quisieses ver los
átomos de esa misma gota, tendrías que ampliarla hasta que tuviese 2.4
kilómetros de anchura. Dicho de otro modo, los átomos existen a una escala
de diminutez de un orden completamente distinto. Para descender hasta la
escala de los átomos, tendrías que coger cada uno de esos espacios de
micra y dividirlo en 10.000 espacios más pequeños Ésa es la escala de un átomo:
una diezmillonésima de milímetro. Es un grado de pequeñez que
supera la capacidad de nuestra imaginación, pero puedes hacerte una idea de las
proporciones si tienes en cuenta que un átomo es, respecto a la línea de un milímetro
de antes, como el grosor de una hoja de papel respecto a la altura del Empire
State1.
Bill Bryson, Una breve historia de casi todo,
Barcelona,
RBA Libros, 2005.
Extracto de semilla de uva contra células cancerosas dañadas la reparación del ADN.
Investigadores de la presentación de informes del Centro del
Cáncer de Colorado en la prestigiosa revista Carcinogénesis explica el
mecanismo único ejercido por extracción de semilla de uva para destruir las
células cancerosas que se dirigen a la cabeza y el cuello. Más de medio millón
de personas en todo el mundo será víctima de carcinoma de células escamosas que
implica la cabeza y el cuello, y 12.000 morirán solamente en los EE.UU. En un
modelo experimental con ratones, los científicos han encontrado que el extracto
de semilla de uva provoca daños en el ADN de las células cancerosas e inhibe el
mecanismo de reparación usado por las células para regenerarse y multiplicarse.
El extracto de semilla de uva ha sido objeto de múltiples estudios
que demuestran la capacidad de los polifenoles para apoyar la salud del
cerebro, mejorar la cognición y reduciendo el riesgo de demencia. El consumo
regular de uvas rojas o suplementos con extracto de semilla de uva se encuentra
ahora que puede ser un importante aliado en la guerra contra el cáncer.
El Extracto De Semilla De Uva Reduce La Tasa
De Crecimiento De Ciertos Cánceres Hasta En Un 67%
El principal investigador, el Dr. Rajesh Agarwal y su equipo
determinaron que los ratones que complementa su dieta con el extracto de
semilla de uva (GSE) redujeron el crecimiento de ciertos tipos de cáncer hasta
en un 67%, redujo la tasa de progresión de los tumores mortales, produjo daños
en el ADN, mientras que inducia la apoptosis (programación para la muerte
celular) de las células cancerosas. Los ratones se han utilizado para estudiar
líneas específicas de cáncer celulares debido a que la progresión del tumor y
la metástasis de un ratón suceden de una manera similar en los seres humanos.
Los investigadores encontraron que GSE crea un
ambiente desfavorable para el crecimiento de células cancerígenas. Las células
cancerosas requieren un entorno específico, el suministro de sangre y
nutrientes metabólicos para ser capaz de propagarse. Si cualquiera de estas
vías se ven afectadas, la muerte de las células cancerosas se produce. El
científico comentó: "Las células cancerosas son células de crecimiento
rápido... no sólo eso, sino que están creciendo bastante rápido. Cuando no
existen las condiciones en las que pueden crecer, mueren."
El equipo determinó que el GSE es culpable tanto de los daños en
el ADN de las células cancerosas (mediante el aumento de especies reactivas de
oxígeno), detiene las vías que permiten la reparación. Lo más importante,
encontraron que no había toxicidad de los suplementos. El GSE destruyó las
células cancerosas al noquear uno de los varios caminos vulnerables necesarios
para el crecimiento de esta, y dejó el tejido sano intacto. El Dr. Agarwal
llegó a la conclusión "Creo que el punto es que las células cancerosas
tienen una gran cantidad de vías defectuosas y son muy vulnerables si
concentrarse en las vías. Lo mismo no ocurre con las células sanas."
Aunque este estudio se centró específicamente en el GSE como
agente terapéutico para el cáncer de cabeza y cuello, investigaciones
anteriores han mostrado el compuesto natural fue eficaz contra la leucemia y
los tumores que afectan a la piel, mama, colon, pulmón, estómago y próstata.
Los expertos en nutrición recomiendan la suplementar la dieta con un extracto
de semilla de uva orgánica cosechada (150 mg por día) para apoyar la salud del
cerebro y combatir el desarrollo de tumores cancerosos.
¿CÓMO SE DESCUBRIERON LOS VIRUS?

Hacia
los años sesenta del siglo XIX el famoso químico Louis Pasteur propuso
la "teoría germinal de las enfermedades", según la cual todas las
enfermedades eran causadas y propagadas por alguna forma diminuta de vida (con
el tiempo, se descubriría que los virus no son seres vivos, ya que, entre otras
cosas, no se nutren ni se relacionan, sólo se reproducen) que se multiplicaba
en el organismo enfermo, pasaba de ese organismo a otro sano, lo hacía
enfermar.Al mismo tiempo, Pasteur estaba trabajando con una enfermedad
mortal, la rabia, y descubrió que la enfermedad era contagiosa y podía
contraerse por el mordisco de un animal rabioso. Sin embargo, no se veía el
germen que causaba esta enfermedad por ningún lado. Pasteur concluyó que el
germen sí que estaba allí, pero que era demasiado pequeño para verlo con el
microscopio con que trabajaba.
Otras
enfermedades contagiosas también parecían carecer de germen, quizá por la misma
razón. Un ejemplo era la "enfermedad del mosaico del tabaco", que
atacaba a las plantas del tabaco y producía como síntoma un dibujo en forma de
mosaico sobre sus hojas. Triturando éstas, se podía extraer un jugo que
ocasionaba esa enfermedad en plantas sanas, pero no se veía en él ningún germen
con el microscopio.
Otras enfermedades contagiosas también parecían carecer de germen,
quizá por la misma razón. Un ejemplo era la "enfermedad del mosaico del
tabaco", que atacaba a las plantas del tabaco y producía como síntoma un
dibujo en forma de mosaico sobre sus hojas. Triturando éstas, se podía extraer
un jugo que ocasionaba esa enfermedad en plantas sanas, pero no se veía en él
ningún germen con el microscopio.

¿Pero podían los químicos fiarse de sus limitados microscopios? El bacteriólogo Dimitri Ivanovski abordó en 1892
el problema de una forma algo diferente: utilizó un filtro de porcelana sin
vidriar que retenía cualquier organismo suficientemente grande para poder verlo
con los microscopios de aquella época (resumiendo de una forma más sencilla, en
vez de "observar" los virus, intentaba "retenerlos"
haciendo pasar por un filtro la planta triturada). Pasó una planta de tabaco
infectada a través del filtro y comprobó que el producto filtrado seguía
infectando a las plantas sanas. Aunque Ivanovski no tenía seguridad para
confirmarlo, con todos estos experimentos ya se empezaba a pensar que realmente
había un organismo lo suficientemente pequeño como para no ser captado por los
microscopios y, al mismo tiempo, transmitir la enfermedad.
En 1898, el botánico Martinus Beijerinck, sin conocer los
trabajos de Ivanovski, hizo el mismo experimento y obtuvo igual resultado.
Frente a estos resultados cada vez más claros, decidió que realmente existían
partículas infecciosas tan pequeñas que podían pasar por el filtro.
Beijerinck llamó al líquido patógeno "virus", de una
palabra latina que significa "veneno". El término fue
aplicado más tarde, no al líquido que pasaba por el filtro, sino a las
partículas patógenas que contenía.
Beijerínck pensó también que quizá los virus
no fueran mucho mayores que las moléculas de agua, así que pensaba cualquier
sustancia que dejara pasar el agua dejaría pasar también a los virus.

Esto es lo que decidió comprobar en 1931 el
bacteriólogo inglés William Elford. Para ello utilizó membranas con
orificios de diversos tamaños. Filtrando los líquidos infectados a través de
membranas, encontró que una de ellas tenía unos orificios tan pequeños, que
aunque las moléculas de agua pasaban, las partículas de virus quedaban
retenidas, contradiciendo así las teorías iniciales de Beijerínk. Elford vio
que mientras que el líquido no filtrado transmitía la enfermedad, el agua que
pasaba por el filtro ya no la transmitía.
De esa manera se terminó por confirmar la teoría sobre los virus y
se logró averiguar su tamaño (eran más pequeñas que las células más pequeñas
que se conocían en esos momentos, quizá sólo consistían en unas cuantas
moléculas, pero esas moléculas, sin embargo, eran moléculas gigantescas).
¿LOS VIRUS SON SERES VIVOS?
El
término virus se utilizó en la última década del siglo pasado para describir a
los agentes causantes de enfermedades más pequeños que las bacterias. Carecen
de vida independiente pero se pueden replicar en el interior de las células
vivas, perjudicando en muchos casos a su huésped en este proceso. Los cientos
de virus conocidos son causa de muchas enfermedades distintas en los seres
humanos, animales, bacterias y plantas.
La existencia de los virus se estableció en 1892, cuando el
científico ruso Dmitry Ivanovsky, descubrió unas partículas microscópicas,
conocidas más tarde como el virus del mosaico del tabaco.
En 1898 el botánico holandés Martinus W.
Beijerinck denominó virus a estas partículas infecciosas. Pocos años más tarde,
se descubrieron virus que crecían en bacterias, a los que se denominó
bacteriófagos. En 1935, el bioquímico estadounidense Wendell Meredith Stanley
cristalizó el virus del mosaico del tabaco, demostrando que estaba compuesto
sólo del material genético llamado ácido ribonucleico (ARN) y de una envoltura
proteica. En la década de 1940 el desarrollo del microscopio electrónico
posibilitó la visualización de los virus por primera vez. Años después, el
desarrollo de centrífugas de alta velocidad permitió concentrarlos y
purificarlos.
El estudio de los virus animales alcanzó su culminación en la década de 1950, con el desarrollo de los métodos del cultivo de células, soporte de la replicación viral en el laboratorio. Después, se descubrieron numerosos virus, la mayoría de los cuales fueron analizados en las décadas de 1960 y 1970, con el fin de determinar sus características físicas y químicas.
Los virus han sido descritos como "organismos en el
borde de la vida". En general, se considera que no están vivos, aunque no
hay un acuerdo unánime. Los virus se asemejan a otros organismos en que poseen
genes y pueden evolucionar por selección natural. Se pueden reproducir mediante
la creación de múltiples copias de sí mismos a través de auto-ensamblaje. Sin
embargo, los virus no tienen una estructura celular, considerada
generalmente como la unidad básica de la vida. Además, aunque se reproducen, no
tienen metabolismo y requieren de una célula huésped para replicarse y
sintetizar nuevos virus. Sin embargo, algunas especies bacterianas, como
Rickettsia y Chlamydia, se consideran organismos vivos a pesar de que no son
capaces de reproducirse fuera de una célula huésped.
Un
posible criterio es considerar seres vivos a aquellos que usan la división
celular para reproducirse, en comparación con los virus que se ensamblan
espontáneamente. Esto establece la analogía entre el auto-ensamblado viral
dentro de las células huésped y el crecimiento autónomo de los cristales. Sin
embargo, el auto-ensamblado de los virus tiene implicaciones para el estudio
del origen de la vida, ya que da credibilidad a la hipótesis de que la vida
podría haber comenzado mediante el auto-ensamblado de las moléculas orgánicas
EL
PODEROSO ÁTOMO
Mientras Einstein y Hubble desvelaban con eficacia la estructura del cosmos a gran escala, otros se esforzaban por entender algo más próximo pero igualmente remoto a su manera: el diminuto y siempre misterioso átomo.
El gran físico del Instituto Tecnológico de
California, Richard Feynman, dijo una vez que si hubiese que reducir la
historia científica a una declaración importante, ésta sería: «Todas las cosas
están compuestas por átomos». Están en todas partes y lo forman todo. Mira a tu
alrededor. Todo son átomos. No sólo los objetos sólidos como las paredes,
las mesas y los sofás, sino el aire que hay entre ellos. Y están ahí en
cantidades que resultan verdaderamente inconcebibles.

La disposición operativa fundamental de los
átomos es la molécula (que significa en latín «pequeña masa»). Una
molécula es simplemente dos o más átomos trabajando juntos en una
disposición más o menos estable: si añades dos átomos de hidrógeno a uno de oxígeno,
tendrás una molécula de agua. Los químicos suelen pensar en moléculas más que
en elementos, lo mismo que los escritores suelen pensar en palabras y no en
letras, así que es con las moléculas con las que cuentan ellos, y son,
por decir algo, numerosas. Al nivel del mar y a una temperatura de 0 °C, un
centímetro cúbico de aire (es decir, un espacio del tamaño aproximado de un
terrón de azúcar) contendrá 45.000 millones de millones de moléculas. Y ese es
el número que hay en cada centímetro cúbico que ves a tu alrededor. Piensa
cuántos centímetros cúbicos hay en el mundo que se extiende al otro lado de tu
ventana, cuántos terrones de azúcar harían falta para llenarlo. Piensa
luego cuántos harían falta para construir un universo. Los átomos son, en suma,
muy abundantes.
Son también fantásticamente duraderos. Y como
tienen una vida tan larga, viajan muchísimo. Cada uno de los átomos que
tú posees es casi seguro que ha pasado por varias estrellas y ha formado parte
de millones de organismos en el camino que ha recorrido hasta llegar a ser tú.
Somos atómicamente tan numerosos y nos reciclamos con tal vigor al morir que,
un número significativo de nuestros átomos (más de mil millones de cada uno de
nosotros), probablemente pertenecieron alguna vez a Shakespeare. Mil millones
más proceden de Buda, de Gengis Kan, de Beethoven y de cualquier otro personaje
histórico en el que puedas pensar (los personajes tienen que ser, al
parecer, históricos, ya que los átomos tardan unos decenios en
redistribuirse del todo; sin embargo, por mucho que lo desees, aún no
puedes tener nada en común con Elvis Presley).
Así que todos somos
reencarnaciones, aunque efímeras. Cuando muramos, nuestros átomos se separarán
y se irán a buscar nuevos destinos en otros lugares (como parte de una hoja, de
otro ser humano o de una gota de rocío). Sin embargo, esos átomos
continúan existiendo prácticamente siempre. Sobre todo, los átomos son
pequeños, realmente diminutos. Medio millón de ellos alineados hombro con
hombro podrían esconderse detrás de un cabello humano. A esa escala, un átomo
solo es en el fondo imposible de imaginar, pero podemos intentarlo.
Empieza con un milímetro,
que es una línea así de larga: -. Imagina ahora esa línea dividida
en mil espacios iguales. Cada uno de esos espacios es una micra. Ésta es
la escala de los micro-organismos. Un paramecio típico, por ejemplo (se trata
de una diminuta criatura unicelular de agua dulce) tiene unas dos micras
de ancho (0,002 milímetros), que es un tamaño realmente muy pequeño. Si
quisieses ver a simple vista un paramecio nadando en una gota de agua, tendrías
que agrandar la gota hasta que tuviese unos doce metros de anchura.

Sin embargo, si quisieses ver los
átomos de esa misma gota, tendrías que ampliarla hasta que tuviese 2.4
kilómetros de anchura. Dicho de otro modo, los átomos existen a una escala
de diminutez de un orden completamente distinto. Para descender hasta la
escala de los átomos, tendrías que coger cada uno de esos espacios de
micra y dividirlo en 10.000 espacios más pequeños Ésa es la escala de un átomo:
una diezmillonésima de milímetro. Es un grado de pequeñez que
supera la capacidad de nuestra imaginación, pero puedes hacerte una idea de las
proporciones si tienes en cuenta que un átomo es, respecto a la línea de un milímetro
de antes, como el grosor de una hoja de papel respecto a la altura del Empire
State1.
Bill Bryson, Una breve historia de casi todo,
Barcelona,
Extracto de semilla de uva contra células cancerosas dañadas la reparación del ADN.
Investigadores de la presentación de informes del Centro del
Cáncer de Colorado en la prestigiosa revista Carcinogénesis explica el
mecanismo único ejercido por extracción de semilla de uva para destruir las
células cancerosas que se dirigen a la cabeza y el cuello. Más de medio millón
de personas en todo el mundo será víctima de carcinoma de células escamosas que
implica la cabeza y el cuello, y 12.000 morirán solamente en los EE.UU. En un
modelo experimental con ratones, los científicos han encontrado que el extracto
de semilla de uva provoca daños en el ADN de las células cancerosas e inhibe el
mecanismo de reparación usado por las células para regenerarse y multiplicarse.
El extracto de semilla de uva ha sido objeto de múltiples estudios
que demuestran la capacidad de los polifenoles para apoyar la salud del
cerebro, mejorar la cognición y reduciendo el riesgo de demencia. El consumo
regular de uvas rojas o suplementos con extracto de semilla de uva se encuentra
ahora que puede ser un importante aliado en la guerra contra el cáncer.
El Extracto De Semilla De Uva Reduce La Tasa
De Crecimiento De Ciertos Cánceres Hasta En Un 67%
El principal investigador, el Dr. Rajesh Agarwal y su equipo
determinaron que los ratones que complementa su dieta con el extracto de
semilla de uva (GSE) redujeron el crecimiento de ciertos tipos de cáncer hasta
en un 67%, redujo la tasa de progresión de los tumores mortales, produjo daños
en el ADN, mientras que inducia la apoptosis (programación para la muerte
celular) de las células cancerosas. Los ratones se han utilizado para estudiar
líneas específicas de cáncer celulares debido a que la progresión del tumor y
la metástasis de un ratón suceden de una manera similar en los seres humanos.
El equipo determinó que el GSE es culpable tanto de los daños en
el ADN de las células cancerosas (mediante el aumento de especies reactivas de
oxígeno), detiene las vías que permiten la reparación. Lo más importante,
encontraron que no había toxicidad de los suplementos. El GSE destruyó las
células cancerosas al noquear uno de los varios caminos vulnerables necesarios
para el crecimiento de esta, y dejó el tejido sano intacto. El Dr. Agarwal
llegó a la conclusión "Creo que el punto es que las células cancerosas
tienen una gran cantidad de vías defectuosas y son muy vulnerables si
concentrarse en las vías. Lo mismo no ocurre con las células sanas."
Aunque este estudio se centró específicamente en el GSE como
agente terapéutico para el cáncer de cabeza y cuello, investigaciones
anteriores han mostrado el compuesto natural fue eficaz contra la leucemia y
los tumores que afectan a la piel, mama, colon, pulmón, estómago y próstata.
Los expertos en nutrición recomiendan la suplementar la dieta con un extracto
de semilla de uva orgánica cosechada (150 mg por día) para apoyar la salud del
cerebro y combatir el desarrollo de tumores cancerosos.
¿CÓMO SE DESCUBRIERON LOS VIRUS?
Hacia
los años sesenta del siglo XIX el famoso químico Louis Pasteur propuso
la "teoría germinal de las enfermedades", según la cual todas las
enfermedades eran causadas y propagadas por alguna forma diminuta de vida (con
el tiempo, se descubriría que los virus no son seres vivos, ya que, entre otras
cosas, no se nutren ni se relacionan, sólo se reproducen) que se multiplicaba
en el organismo enfermo, pasaba de ese organismo a otro sano, lo hacía
enfermar.Al mismo tiempo, Pasteur estaba trabajando con una enfermedad
mortal, la rabia, y descubrió que la enfermedad era contagiosa y podía
contraerse por el mordisco de un animal rabioso. Sin embargo, no se veía el
germen que causaba esta enfermedad por ningún lado. Pasteur concluyó que el
germen sí que estaba allí, pero que era demasiado pequeño para verlo con el
microscopio con que trabajaba.
Otras
enfermedades contagiosas también parecían carecer de germen, quizá por la misma
razón. Un ejemplo era la "enfermedad del mosaico del tabaco", que
atacaba a las plantas del tabaco y producía como síntoma un dibujo en forma de
mosaico sobre sus hojas. Triturando éstas, se podía extraer un jugo que
ocasionaba esa enfermedad en plantas sanas, pero no se veía en él ningún germen
con el microscopio.
Otras enfermedades contagiosas también parecían carecer de germen,
quizá por la misma razón. Un ejemplo era la "enfermedad del mosaico del
tabaco", que atacaba a las plantas del tabaco y producía como síntoma un
dibujo en forma de mosaico sobre sus hojas. Triturando éstas, se podía extraer
un jugo que ocasionaba esa enfermedad en plantas sanas, pero no se veía en él
ningún germen con el microscopio.
¿Pero podían los químicos fiarse de sus limitados microscopios? El bacteriólogo Dimitri Ivanovski abordó en 1892
el problema de una forma algo diferente: utilizó un filtro de porcelana sin
vidriar que retenía cualquier organismo suficientemente grande para poder verlo
con los microscopios de aquella época (resumiendo de una forma más sencilla, en
vez de "observar" los virus, intentaba "retenerlos"
haciendo pasar por un filtro la planta triturada). Pasó una planta de tabaco
infectada a través del filtro y comprobó que el producto filtrado seguía
infectando a las plantas sanas. Aunque Ivanovski no tenía seguridad para
confirmarlo, con todos estos experimentos ya se empezaba a pensar que realmente
había un organismo lo suficientemente pequeño como para no ser captado por los
microscopios y, al mismo tiempo, transmitir la enfermedad.
En 1898, el botánico Martinus Beijerinck, sin conocer los
trabajos de Ivanovski, hizo el mismo experimento y obtuvo igual resultado.
Frente a estos resultados cada vez más claros, decidió que realmente existían
partículas infecciosas tan pequeñas que podían pasar por el filtro.
Beijerinck llamó al líquido patógeno "virus", de una
palabra latina que significa "veneno". El término fue
aplicado más tarde, no al líquido que pasaba por el filtro, sino a las
partículas patógenas que contenía.
Beijerínck pensó también que quizá los virus
no fueran mucho mayores que las moléculas de agua, así que pensaba cualquier
sustancia que dejara pasar el agua dejaría pasar también a los virus.
Esto es lo que decidió comprobar en 1931 el
bacteriólogo inglés William Elford. Para ello utilizó membranas con
orificios de diversos tamaños. Filtrando los líquidos infectados a través de
membranas, encontró que una de ellas tenía unos orificios tan pequeños, que
aunque las moléculas de agua pasaban, las partículas de virus quedaban
retenidas, contradiciendo así las teorías iniciales de Beijerínk. Elford vio
que mientras que el líquido no filtrado transmitía la enfermedad, el agua que
pasaba por el filtro ya no la transmitía.
¿LOS VIRUS SON SERES VIVOS?
El
término virus se utilizó en la última década del siglo pasado para describir a
los agentes causantes de enfermedades más pequeños que las bacterias. Carecen
de vida independiente pero se pueden replicar en el interior de las células
vivas, perjudicando en muchos casos a su huésped en este proceso. Los cientos
de virus conocidos son causa de muchas enfermedades distintas en los seres
humanos, animales, bacterias y plantas.
La existencia de los virus se estableció en 1892, cuando el
científico ruso Dmitry Ivanovsky, descubrió unas partículas microscópicas,
conocidas más tarde como el virus del mosaico del tabaco.
En 1898 el botánico holandés Martinus W.
Beijerinck denominó virus a estas partículas infecciosas. Pocos años más tarde,
se descubrieron virus que crecían en bacterias, a los que se denominó
bacteriófagos. En 1935, el bioquímico estadounidense Wendell Meredith Stanley
cristalizó el virus del mosaico del tabaco, demostrando que estaba compuesto
sólo del material genético llamado ácido ribonucleico (ARN) y de una envoltura
proteica. En la década de 1940 el desarrollo del microscopio electrónico
posibilitó la visualización de los virus por primera vez. Años después, el
desarrollo de centrífugas de alta velocidad permitió concentrarlos y
purificarlos.
El estudio de los virus animales alcanzó su culminación en la década de 1950, con el desarrollo de los métodos del cultivo de células, soporte de la replicación viral en el laboratorio. Después, se descubrieron numerosos virus, la mayoría de los cuales fueron analizados en las décadas de 1960 y 1970, con el fin de determinar sus características físicas y químicas.
Los virus han sido descritos como "organismos en el
borde de la vida". En general, se considera que no están vivos, aunque no
hay un acuerdo unánime. Los virus se asemejan a otros organismos en que poseen
genes y pueden evolucionar por selección natural. Se pueden reproducir mediante
la creación de múltiples copias de sí mismos a través de auto-ensamblaje. Sin
embargo, los virus no tienen una estructura celular, considerada
generalmente como la unidad básica de la vida. Además, aunque se reproducen, no
tienen metabolismo y requieren de una célula huésped para replicarse y
sintetizar nuevos virus. Sin embargo, algunas especies bacterianas, como
Rickettsia y Chlamydia, se consideran organismos vivos a pesar de que no son
capaces de reproducirse fuera de una célula huésped.
Un
posible criterio es considerar seres vivos a aquellos que usan la división
celular para reproducirse, en comparación con los virus que se ensamblan
espontáneamente. Esto establece la analogía entre el auto-ensamblado viral
dentro de las células huésped y el crecimiento autónomo de los cristales. Sin
embargo, el auto-ensamblado de los virus tiene implicaciones para el estudio
del origen de la vida, ya que da credibilidad a la hipótesis de que la vida
podría haber comenzado mediante el auto-ensamblado de las moléculas orgánicas




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