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jueves, 31 de mayo de 2012

LECTURAS




♥ Laboratorio del amor 



¿Se imagina no tener que besar a tantos sapos antes de llegar al príncipe? 

Actualmente, los servicios de citas basadas en el genotipo eliminan las conjeturas y la angustia. ScientificMatch, un servicio estadounidense de búsqueda de pareja, utiliza el análisis de ADN (con muestras de la mucosa de la mejilla) para formar de manera científica parejas compatibles.

Por la pequeña fortuna de 1.995,95 dólares, la firma promete hallar un alma gemela con la cual haya mayores probabilidades de tener una vida sexual satisfactoria, más fidelidad y fecundidad, e hijos más sanos. Dicen que todo está en el código genético.




¿Por qué las plantas y flores emiten olor?


Su aroma tiene una razón química. Las plantas y flores aromáticas están provistas de sustancias volátiles (hidrocarburos de la serie de los terpenos, ésteres, aldehídos y cetonas) que se liberan o inhiben de acuerdo con las condiciones climáticas. El origen de este fenómeno está en las raíces evolutivas: las plantas con flor o angiospermas son las que por lo general tienen olores y surgieron después de la aparición de los insectos polinizadores. Muchos aldehídos y cetonas forman parte de los aromas naturales de flores y frutas, por lo cual se emplean en la perfumería para la elaboración de aromas como es el caso del benzaldehído (olor de almendras amargas), el aldehído anísico (esencia de anís), la vainillina, el piperonal (esencia de sasafrás), el aldehído cinámico (esencia de canela). De origen animal existe la muscona y la civetona que son utilizados como fijadores porque evitan la evaporación de los aromas además de potenciarlos por lo cual se utilizan en la industria de la perfumería.


Disfruta con responsabilidad 

  
Cuando se bebe alcohol etílico, este se oxida en el hígado a acetaldehído, que, a su vez, se oxida a ácido acético y, por ultimo a dióxido de carbono y agua. El consumo de grandes cantidades de etanol causa la acumulación de grandes concentraciones de acetaldehído en la sangre, lo cual puede conducir a un brusco descenso de la presión sanguínea, aceleración de los latidos del corazón y sensación general de incomodidad, es decir, una resaca.
El abuso continuado del alcohol puede dar lugar a una lesión de hígado denominada Cirrosis, debido a unos niveles constantemente altos de acetaldehído.





Ranas eléctricas




Nuestra historia empieza a finales del siglo XVIII, con la invención por Galvani de la batería, que  luego mejoraría otro italiano, Volta. El estudio de los reflejos de las ranas por Galvani —colgó  músculos de rana en la celosía exterior de su ventana y vio que durante las tormentas eléctricas sufrían  convulsiones— demostró la existencia de la «electricidad animal». Este trabajo fue el estímulo de la  obra de Volta y, además, de algo que luego vendría muy bien. Imaginaos a Henry Ford instalando un  cajón con ranas en sus coches y estas instrucciones para el conductor: «Hay que dar de comer a las ranas cada veinticinco kilómetros».


Volta descubrió que la electricidad de las ranas tenía que ver con que alguna grosería de la rana separase dos metales diferentes; las ranas de Galvani estaban colgadas de ganchos de latón en una celosía de hierro. Volta fue capaz de producir corrientes eléctricas sin las ranas; para ello probó con pares de metales distintos separados por piezas de cuero (que hacían el papel de las ranas) empapadas de salmuera. Enseguida creó una «pila» de placas de cinc y cobre, y observó que cuanto mayor era la pila, más corriente impulsaba a lo largo de un circuito externo. El electrómetro (fue Volta inventó para medir la corriente tuvo un papel decisivo en esta investigación, que arrojó dos resultados importantes: un instrumento de laboratorio que producía corrientes y el descubrimiento de que podía generarse electricidad mediante reacciones químicas.





El pelicano


Lavoisier vio que el fallo de esos experimentos se encontraba en la medición. Realizó su propio  experimento. Hirvió agua destilada en una vasija especial, a la que se daba el nombre de «pelícano». El  pelícano estaba diseñado de manera que el vapor de agua que se producía al bullir el agua quedase  atrapado y se condensara en una cabeza esférica, de la que retornaba a la vasija de ebullición a través de  dos tubos con forma de asa. De esta manera no se perdía agua.  Lavoisier pesó cuidadosamente el  pelícano y el agua destilada, y puso a hervir el agua durante 101 días.

 El largo experimento produjo una  cantidad apreciable de residuo sólido. Lavoisier pesó entonces cada elemento: el pelícano, el agua y el  residuo. El agua pesaba exactamente lo mismo tras 101 días de ebullición; algo dice esto de lo meticulosa  que era la técnica de Lavoisier. El pelícano sin embargo, pesaba un poco menos. El peso del residuo era  igual  al perdido por el recipiente. Por lo tanto, el residuo del agua en ebullición no era agua  transmutada, sino vidrio disuelto, sílice, del pelícano.  Lavoisier había demostrado que la  experimentación, sin mediciones precisas, no vale para nada e incluso induce a error. La balanza  química de Lavoisier era su violín; lo tocaba para revolucionar la química.






El universo sólo tiene unos segundos (1018)


Otra cosa más sobre los números. Nuestro tema pasa a menudo del mundo de lo sumamente  pequeño al de lo enorme. Por lo tanto, trataremos con números que a menudo son muy, muy grandes o muy, muy pequeños. Así que, en su mayoría, los escribiré empleando notación científica. Por ejemplo, en vez de escribir un millón como 1.000.000, lo haré de esta forma: 106. Esto quiere decir 10 elevado a la sexta potencia, que es 1 seguido de seis ceros, lo que viene a ser el costo aproximado, en dólares, de la actividad del gobierno de los Estados Unidos durante veinte segundos. Aunque no se tenga la suerte de que el número grande empiece por 1, aún podremos escribirlo con notación científica. Por ejemplo,  5.500.000 se escribe 5,5 x 106. Con los números minúsculos, basta con insertar un signo menos. Una millonésima (1/1.000.000) se escribe de esta forma: 10—6, lo que quiere decir que el 1 está seis lugares a la derecha de la coma decimal, o 0,000.001.


Lo importante es captar la escala de estos números. Una  de las desventajas de la notación científica es que oculta la verdadera inmensidad de los números (o su pequeñez). El abanico de los  tiempos de interés científico es mareante:  10—1 segundos es un guiño, 10—6 segundos la vida de la  partícula muón y  10—23 segundos el tiempo que tarda un fotón, una partícula de luz, en atravesar el núcleo. Tened presente que ir subiendo potencia a potencia de diez multiplica lo que está en juego tremendamente. Así, 107 segundos es igual a poco más de cuatro meses y 109 es treinta años; pero 1018 es, burdamente, la edad del universo, el tiempo transcurrido desde el big bang. Los físicos lo miden en segundos; nada más que un montón de ellos.


EL PODEROSO ÁTOMO  



Mientras Einstein y Hubble desvelaban con eficacia la estructura del  cosmos a gran escala, otros se esforzaban por entender algo más próximo pero igualmente remoto a su manera: el diminuto y siempre misterioso átomo.


El gran físico del Instituto Tecnológico de California, Richard Feynman, dijo una vez que si hubiese que reducir la historia científica a una declaración importante, ésta sería: «Todas las cosas están compuestas por átomos». Están en todas partes y lo forman todo. Mira a tu alrededor. Todo son átomos. No sólo los  objetos sólidos como las paredes, las mesas y los sofás, sino el aire  que hay entre ellos. Y están ahí en cantidades que resultan verdaderamente inconcebibles.



La disposición operativa fundamental de los átomos es la  molécula (que significa en latín «pequeña masa»). Una molécula  es simplemente dos o más átomos trabajando juntos en una disposición más o menos estable: si añades dos átomos de hidrógeno a uno de oxígeno, tendrás una molécula de agua. Los químicos suelen pensar en moléculas más que en elementos, lo mismo que los escritores suelen pensar en palabras y no en letras, así que  es con las moléculas con las que cuentan ellos, y son, por decir algo, numerosas. Al nivel del mar y a una temperatura de 0 °C, un centímetro cúbico de aire (es decir, un espacio del tamaño aproximado de un terrón de azúcar) contendrá 45.000 millones de millones de moléculas. Y ese es el número que hay en cada centímetro cúbico que ves a tu alrededor. Piensa cuántos centímetros cúbicos hay en el mundo que se extiende al otro lado de tu ventana,  cuántos terrones de azúcar harían falta para llenarlo. Piensa luego cuántos harían falta para construir un universo. Los átomos son, en suma, muy abundantes.
Son también fantásticamente duraderos. Y como tienen una  vida tan larga, viajan muchísimo. Cada uno de los átomos que tú posees es casi seguro que ha pasado por varias estrellas y ha formado parte de millones de organismos en el camino que ha recorrido hasta llegar a ser tú. Somos atómicamente tan numerosos y nos reciclamos con tal vigor al morir que, un número significativo de nuestros átomos (más de mil millones de cada uno de nosotros), probablemente pertenecieron alguna vez a Shakespeare. Mil millones más proceden de Buda, de Gengis Kan, de Beethoven y de cualquier otro personaje histórico en el que puedas pensar (los personajes tienen que ser, al parecer,  históricos, ya que los átomos tardan unos decenios en redistribuirse  del todo; sin embargo, por mucho que lo desees, aún no puedes tener nada en común con Elvis Presley).
Así que todos somos reencarnaciones, aunque efímeras. Cuando muramos, nuestros átomos se separarán y se irán a buscar nuevos destinos en otros lugares (como parte de una hoja, de otro  ser humano o de una gota de rocío). Sin embargo, esos átomos continúan existiendo prácticamente siempre. Sobre todo, los átomos son pequeños, realmente diminutos.  Medio millón de ellos alineados hombro con hombro podrían esconderse detrás de un cabello humano. A esa escala, un átomo solo es en el fondo imposible  de imaginar, pero podemos intentarlo.


Empieza con un milímetro, que es una línea así de larga:  -.  Imagina ahora esa línea dividida en mil espacios iguales. Cada uno de esos espacios es  una micra. Ésta es la escala de los micro-organismos. Un paramecio típico, por ejemplo (se trata de una diminuta criatura unicelular de agua dulce) tiene unas dos micras  de ancho (0,002 milímetros), que es un tamaño realmente muy pequeño. Si quisieses ver a simple vista un paramecio nadando en una gota de agua, tendrías que agrandar la gota hasta que tuviese unos doce metros de anchura.


Sin embargo, si quisieses ver los  átomos de esa misma gota, tendrías que ampliarla hasta que tuviese 2.4 kilómetros de anchura. Dicho de otro modo, los átomos existen a una escala de  diminutez de un orden completamente distinto. Para descender hasta la escala de los átomos, tendrías que coger cada uno de esos  espacios de micra y dividirlo en 10.000 espacios más pequeños Ésa es la escala de un átomo: una diezmillonésima de milímetro.  Es un grado  de pequeñez que supera la capacidad de nuestra imaginación, pero puedes hacerte una idea de las proporciones si tienes en cuenta que un átomo es, respecto a la línea de un milímetro de antes, como el grosor de una hoja de papel respecto a la altura del Empire State1.

Bill Bryson, Una breve historia de casi todo, Barcelona,

RBA Libros, 2005.


Extracto de semilla de uva contra células cancerosas dañadas la reparación del ADN.



Investigadores de la presentación de informes del Centro del Cáncer de Colorado en la prestigiosa revista Carcinogénesis explica el mecanismo único ejercido por extracción de semilla de uva para destruir las células cancerosas que se dirigen a la cabeza y el cuello. Más de medio millón de personas en todo el mundo será víctima de carcinoma de células escamosas que implica la cabeza y el cuello, y 12.000 morirán solamente en los EE.UU. En un modelo experimental con ratones, los científicos han encontrado que el extracto de semilla de uva provoca daños en el ADN de las células cancerosas e inhibe el mecanismo de reparación usado por las células para regenerarse y multiplicarse.

El extracto de semilla de uva ha sido objeto de múltiples estudios que demuestran la capacidad de los polifenoles para apoyar la salud del cerebro, mejorar la cognición y reduciendo el riesgo de demencia. El consumo regular de uvas rojas o suplementos con extracto de semilla de uva se encuentra ahora que puede ser un importante aliado en la guerra contra el cáncer.


El Extracto De Semilla De Uva Reduce La Tasa De Crecimiento De Ciertos Cánceres Hasta En Un 67%


El principal investigador, el Dr. Rajesh Agarwal y su equipo determinaron que los ratones que complementa su dieta con el extracto de semilla de uva (GSE) redujeron el crecimiento de ciertos tipos de cáncer hasta en un 67%, redujo la tasa de progresión de los tumores mortales, produjo daños en el ADN, mientras que inducia la apoptosis (programación para la muerte celular) de las células cancerosas. Los ratones se han utilizado para estudiar líneas específicas de cáncer celulares debido a que la progresión del tumor y la metástasis de un ratón suceden de una manera similar en los seres humanos.


Los investigadores encontraron que GSE crea un ambiente desfavorable para el crecimiento de células cancerígenas. Las células cancerosas requieren un entorno específico, el suministro de sangre y nutrientes metabólicos para ser capaz de propagarse. Si cualquiera de estas vías se ven afectadas, la muerte de las células cancerosas se produce. El científico comentó: "Las células cancerosas son células de crecimiento rápido... no sólo eso, sino que están creciendo bastante rápido. Cuando no existen las condiciones en las que pueden crecer, mueren."

El equipo determinó que el GSE es culpable tanto de los daños en el ADN de las células cancerosas (mediante el aumento de especies reactivas de oxígeno), detiene las vías que permiten la reparación. Lo más importante, encontraron que no había toxicidad de los suplementos. El GSE destruyó las células cancerosas al noquear uno de los varios caminos vulnerables necesarios para el crecimiento de esta, y dejó el tejido sano intacto. El Dr. Agarwal llegó a la conclusión "Creo que el punto es que las células cancerosas tienen una gran cantidad de vías defectuosas y son muy vulnerables si concentrarse en las vías. Lo mismo no ocurre con las células sanas."


Aunque este estudio se centró específicamente en el GSE como agente terapéutico para el cáncer de cabeza y cuello, investigaciones anteriores han mostrado el compuesto natural fue eficaz contra la leucemia y los tumores que afectan a la piel, mama, colon, pulmón, estómago y próstata. Los expertos en nutrición recomiendan la suplementar la dieta con un extracto de semilla de uva orgánica cosechada (150 mg por día) para apoyar la salud del cerebro y combatir el desarrollo de tumores cancerosos.


¿CÓMO SE DESCUBRIERON LOS VIRUS?


Hacia los años sesenta del siglo XIX el famoso químico Louis Pasteur propuso la "teoría germinal de las enfermedades", según la cual todas las enfermedades eran causadas y propagadas por alguna forma diminuta de vida (con el tiempo, se descubriría que los virus no son seres vivos, ya que, entre otras cosas, no se nutren ni se relacionan, sólo se reproducen) que se multiplicaba en el organismo enfermo, pasaba de ese organismo a otro sano, lo hacía enfermar.Al mismo tiempo, Pasteur estaba trabajando con una enfermedad mortal, la rabia, y descubrió que la enfermedad era contagiosa y podía contraerse por el mordisco de un animal rabioso. Sin embargo, no se veía el germen que causaba esta enfermedad por ningún lado. Pasteur concluyó que el germen sí que estaba allí, pero que era demasiado pequeño para verlo con el microscopio con que trabajaba.

Otras enfermedades contagiosas también parecían carecer de germen, quizá por la misma razón. Un ejemplo era la "enfermedad del mosaico del tabaco", que atacaba a las plantas del tabaco y producía como síntoma un dibujo en forma de mosaico sobre sus hojas. Triturando éstas, se podía extraer un jugo que ocasionaba esa enfermedad en plantas sanas, pero no se veía en él ningún germen con el microscopio.

Otras enfermedades contagiosas también parecían carecer de germen, quizá por la misma razón. Un ejemplo era la "enfermedad del mosaico del tabaco", que atacaba a las plantas del tabaco y producía como síntoma un dibujo en forma de mosaico sobre sus hojas. Triturando éstas, se podía extraer un jugo que ocasionaba esa enfermedad en plantas sanas, pero no se veía en él ningún germen con el microscopio.






¿Pero podían los químicos fiarse de sus limitados microscopios? El bacteriólogo Dimitri Ivanovski abordó en 1892 el problema de una forma algo diferente: utilizó un filtro de porcelana sin vidriar que retenía cualquier organismo suficientemente grande para poder verlo con los microscopios de aquella época (resumiendo de una forma más sencilla, en vez de "observar" los virus, intentaba "retenerlos" haciendo pasar por un filtro la planta triturada). Pasó una planta de tabaco infectada a través del filtro y comprobó que el producto filtrado seguía infectando a las plantas sanas. Aunque Ivanovski no tenía seguridad para confirmarlo, con todos estos experimentos ya se empezaba a pensar que realmente había un organismo lo suficientemente pequeño como para no ser captado por los microscopios y, al mismo tiempo, transmitir la enfermedad.

En 1898, el botánico Martinus Beijerinck, sin conocer los trabajos de Ivanovski, hizo el mismo experimento y obtuvo igual resultado. Frente a estos resultados cada vez más claros, decidió que realmente existían partículas infecciosas tan pequeñas que podían pasar por el filtro.

Beijerinck llamó al líquido patógeno "virus", de una palabra latina que significa "veneno". El término fue aplicado más tarde, no al líquido que pasaba por el filtro, sino a las partículas patógenas que contenía.


Beijerínck pensó también que quizá los virus no fueran mucho mayores que las moléculas de agua, así que pensaba cualquier sustancia que dejara pasar el agua dejaría pasar también a los virus.


Esto es lo que decidió comprobar en 1931 el bacteriólogo inglés William Elford. Para ello utilizó membranas con orificios de diversos tamaños. Filtrando los líquidos infectados a través de membranas, encontró que una de ellas tenía unos orificios tan pequeños, que aunque las moléculas de agua pasaban, las partículas de virus quedaban retenidas, contradiciendo así las teorías iniciales de Beijerínk. Elford vio que mientras que el líquido no filtrado transmitía la enfermedad, el agua que pasaba por el filtro ya no la transmitía.


De esa manera se terminó por confirmar la teoría sobre los virus y se logró averiguar su tamaño (eran más pequeñas que las células más pequeñas que se conocían en esos momentos, quizá sólo consistían en unas cuantas moléculas, pero esas moléculas, sin embargo, eran moléculas gigantescas).

¿LOS VIRUS SON SERES VIVOS?


El término virus se utilizó en la última década del siglo pasado para describir a los agentes causantes de enfermedades más pequeños que las bacterias. Carecen de vida independiente pero se pueden replicar en el interior de las células vivas, perjudicando en muchos casos a su huésped en este proceso. Los cientos de virus conocidos son causa de muchas enfermedades distintas en los seres humanos, animales, bacterias y plantas.


La existencia de los virus se estableció en 1892, cuando el científico ruso Dmitry Ivanovsky, descubrió unas partículas microscópicas, conocidas más tarde como el virus del mosaico del tabaco. 
En 1898 el botánico holandés Martinus W. Beijerinck denominó virus a estas partículas infecciosas. Pocos años más tarde, se descubrieron virus que crecían en bacterias, a los que se denominó bacteriófagos. En 1935, el bioquímico estadounidense Wendell Meredith Stanley cristalizó el virus del mosaico del tabaco, demostrando que estaba compuesto sólo del material genético llamado ácido ribonucleico (ARN) y de una envoltura proteica. En la década de 1940 el desarrollo del microscopio electrónico posibilitó la visualización de los virus por primera vez. Años después, el desarrollo de centrífugas de alta velocidad permitió concentrarlos y purificarlos.


 El estudio de los virus animales alcanzó su culminación en la década de 1950, con el desarrollo de los métodos del cultivo de células, soporte de la replicación viral en el laboratorio. Después, se descubrieron numerosos virus, la mayoría de los cuales fueron analizados en las décadas de 1960 y 1970, con el fin de determinar sus características físicas y químicas.


Los virus han sido descritos como "organismos en el borde de la vida". En general, se considera que no están vivos, aunque no hay un acuerdo unánime. Los virus se asemejan a otros organismos en que poseen genes y pueden evolucionar por selección natural. Se pueden reproducir mediante la creación de múltiples copias de sí mismos a través de auto-ensamblaje. Sin embargo, los virus no tienen una estructura celular, considerada generalmente como la unidad básica de la vida. Además, aunque se reproducen, no tienen metabolismo y requieren de una célula huésped para replicarse y sintetizar nuevos virus. Sin embargo, algunas especies bacterianas, como Rickettsia y Chlamydia, se consideran organismos vivos a pesar de que no son capaces de reproducirse fuera de una célula huésped.

Un posible criterio es considerar seres vivos a aquellos que usan la división celular para reproducirse, en comparación con los virus que se ensamblan espontáneamente. Esto establece la analogía entre el auto-ensamblado viral dentro de las células huésped y el crecimiento autónomo de los cristales. Sin embargo, el auto-ensamblado de los virus tiene implicaciones para el estudio del origen de la vida, ya que da credibilidad a la hipótesis de que la vida podría haber comenzado mediante el auto-ensamblado de las moléculas orgánicas




























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